Los que tenían veinte años, que eran irresponsables, súper activos, conquistadores, arriesgados, no como los amigos de hoy, que son los mismos que antes, pero en camino a la vejez.
En el café nos reunimos y ¿cuál es el gran tema de conversación?, la nueva pastilla que le recomendó el doctor a uno de ellos, que parte del cuerpo es la que te duele y sobre todo las burlas que de nosotros mismo nos hacemos.
Deje de ir a reunirme con ellos por un fuerte resfriado, cuando llegue lo primero que me dijeron fue “mi querido amigo, te fuimos a buscar al asilo de ancianos, y no dijeron que no aceptaban momias” gran risa y chacota por parte de todos, incluso la mía.
Tuve la mala ocurrencia de contarles mi problema, las burlas y las risas obligaron a que una de las dependientes, se acercara a nuestra mesa a pedirnos cordura. Yo solo había empezado diciendo, me resfrié por ducharme dormido. Ese fue el detonante.
Pero en verdad, me levante de la cama medio dormido y me metí a la ducha, al terminar de ducharme, me di cuenta que no tenía una toalla, grite llamando a mi esposa, pero de ella nada, así que salí corriendo y sentí un chicotazo, como ese que le dan a los caballos de carrera que no duele, pero te hacen correr para llegar a la meta (entiéndase toalla). Solo ese golpe de frio me llevo a la cama por dos días.
Según mi mujer, soy un enfermo antipatiquísimo e insoportable, según mi nieta, que suerte papapa que te puedes quedar en la cama y según mis hijas, viejo abrígate, no te nos vayas a ir antes de tiempo.
La conclusión o el final de la historia es que uno se enferma y no solo la familia te toma el pelo, sino que los amigos también. Que suerte tener alegría tan cerca de uno, ya que la soledad mata.