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La noche

El gran temor es la oscuridad.  Todos los cuentos que tienen referencia con
la noche son terroríficos.  Son historias
de monstruos que en la oscuridad de las habitaciones se esconden debajo de la cama,
salen del closet, de entre las cortinas. 
También tenemos los fantasmas de las carreteras, quizás el más famoso de
los cuentos sea la dama vestida de blanco que se aparece  a los automovilistas en medio de la carretera
provocando pavor en los choferes.

Tenemos cuentos nocturnos de terror en
los bosques, en las casas abandonadas. 
Un sinfín de cuentos que ayudan a la imaginación de las personas para
diferenciar el bien del mal.

Yo quiero referirme a los cuentos de
noches que no provocan miedo, que nos dejan un encanto de niños en nuestro
recuerdos. Los cuentos de Duendes, de Hadas, de Príncipes y Princesas que
hablan de amor. Cuentos de mamás que cuidan y protegen a sus hijos de la
oscuridad y nos ayudan a dormir.

La primera condición de estos cuentos es
que creas en la magia de sus personajes. 
Los duendes y las hadas existen, pero solo hablan y se presentan a los
niños que creen en ellos, los acompañan en sus juegos y realmente viven  la historia.



Había una vez un niño que caminaba por el
campo con su perro, jugando con las ramas de los arboles, con las flores y
hablando con los animales



De repente, entre los huecos del  tronco de un gran árbol,



se asomó un Duende y los saludó




 “Hola
Rodrigo y Pipa ¿qué están haciendo por aquí? Rodrigo y su perro se quedaron mudos.  No podían ni saludar ni ladrarle al
Duende.  Siempre habían soñado con un
encuentro como éste y ahora no sabían que hacer.

El duende que salió del hueco era una personita
pequeñita, vestido con unos zapatos graciosos, con pantalones de colores anchos
y una camisa blanca con un chaleco brillante lleno de collares.  Tenía barba blanca y un sombrero muy
original.  Dando unos extraños saltos de
acrobacia se paró frente a su casa  delante de ellos.

Rodrigo feliz lo miró y tartamudeando lo saludo
diciéndole: Hola, te quiero mucho, gracias por ser mi amigo, siempre he soñado
con los duendes y las hadas, son parte de mis juegos y mis compañeros. 

Cuando
le cuento a mi abuelo sobre ustedes, él me cuenta que cuando era chico había
hablado con una hada.

El duende se sacó el sombrero y empezó a
gritar “ Gretel…Gretel”.  Después de un
ratito se presentó un hada acompañada de sus mariposas.  Sólo los niños podían verla.  Con sus alitas, su vestido brillante, sus
pelos largos, linda de cara y sobre todo con unos llenos ojos de amor,
acompañada por una sonrisa con sus dientes preciosos que parecían perla, Gretel
se veía muy contenta de estar allí.



Miró fijamente a Rodrigo y a Pipa y les
dijo “Hace un buen rato los vi jugando por el camino del campo.  Me alegré mucho de verlos y sentí su
felicidad. Rodrigo, se que eres muy bueno, te quiero mucho.  Cuando juegas con tus animales de la granja
yo siempre estoy junto a ti ¿y sabes quién te visita siempre? tu Ángel de la
Guarda.

Rodrigo estaba feliz, no se cansaba de
mirar al duende y al hada, sus ojos brillaban de felicidad, su imaginación no
daba para más. Hablaron y jugaron por largo rato.  La gente que pasaba se alegraba de verlos tan
felices, pero no veían ni al hada, ni al duende.  

En medio del juego apareció otra hada y le
dijo a Rodrigo que con pena tenían que irse, que era ya muy tarde y que los
agricultores regresarían a sus casas por ese camino.


El Hada voló sobre la cabeza de Rodrigo,
soltó un poco de polvo de hadas, besó su mejilla y voló sobre él y sobre Pipa. El
duende se inclinó ante Rodrigo y le dio la mano y Pipa le ladró.  Luego se fueron y dejaron de ser vistos.

Ya camino de regreso a la casa, los
agricultores que se cruzaban con Rodrigo y su perro, veían una rara expresión
de felicidad en su cara.  En el perro
veían una aureola sobre su cabeza.  Todos
los agricultores se preguntaban ¿qué tiene este muchacho y su perro? ¿de dónde
vienen? ¿porqué están tan felices?

Al llegar a casa la mamá lo regaño y le
preguntó ¿porqué te has demorado tanto y para colmo sin avisar? Rodrigo
acarició a la mamá, mirándola a los ojos le dijo “Mamá, al igual que mi abuelo,
he hablado con un Hada”.  La mamá vio en
los ojos de Rodrigo al hada, le creyó y le perdonó el castigo.

Rodrigo fue a buscar a su abuelo y le
contó la historia.



Pasaron muchos años y Rodrigo aún guarda
con gran amor la imagen del Hada y del Duende.



Y qué…todos somos niños en nuestro
interior.

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