Las mujeres son malas con los hombres, tienen la fuerza suficiente para anular psicológicamente a un congénere.
Me encontré en la farmacia con mi amigo Gustavo, alias el “monje loco” quien estaba comprando pastillas para la depresión, con su receta expedida por el psiquiatra.
“Qué pasó mi querido amigo” ¿Dónde un psiquiatra? No puede ser, le dije. Vamos te invito un café y nos fuimos a conversar al restaurante del barrio.
Al llegar al restaurante, en la puerta nos encontramos con una amiga y su esposo que salían. Alegres y muy cariñosamente nos saludaron, pero ni por esas la cara de Gustavo cambió.
Mozo, dos café, dos vasos con agua y algunas galleticas para picar, pedí. Entramos luego en un silencio tan profundo, que era un silencio abismal (qué profundo suena).
Tomé el toro por las asta y de frente le dije ¿Bueno, que miércoles te pasa? ¿Estas con cara de idiota y te comportas como un tarado? ¿Te abandonó tu esposa?
Te contaré y espero que no te burles de mí, me respondió Gustavo, con voz de ultratumba.
Tú sabes que a mí me dicen “monje loco” monje por hubo una época en que estuve en el seminario, quería ser cura y loco porque mis reacciones algunas veces son tiernas y varias veces poco normales. Mi esposa me conoció así y así me acepta, pero las mujeres en general son malvadas.
Se visten en forma que son la personificación del deseo, qué culpa tengo yo de que sean bonitas y atractivas, ninguna…yo solo las miro y les digo algún piropo. Eso es normal, no puede pasar una belleza a tu costado e ignorarla, hay que decirle que es una belleza.
La semana pasada venia caminando del supermercado, donde fui a comprar para ayudar en los quehaceres de la casa a mi mujer y que no diga después “tú no me involucras en los problemas del hogar” cuando apareció una mujer de unos treinta y cinco años muy bien puestos, alta por los tacos, un pantaloncito caliente, barriga al aire y una camisetita que dejaba ver casi todos sus atributos.
Yo tenía que decirle algo, mi genio, mi personalidad no permite que ellas pase a mi lado y yo quedarme callado, mi querido amigo no hay forma de que yo entre en silencio, ante una celestial visión.
Solo le dije, pausadamente: “Mi amor…yo en ti me bañaría en todos los pecados” ella siguió caminando dos o tres pasos más, se paró, volteó y me dijo “Tío…tú jabón ya no hace espuma” y siguió su camino.
Te parece justo que una mujer anule a un hombre maduro de esa forma, déjame decirte, esa respuesta me ha afectada en demasía. He tenido que ir al médico y esa es la razón de mi tristeza.
Nos tomamos el café y con los ojos llorosos de pena, nos despedimos.
