Tenía algo muy preciado hoy día en la tarde; tiempo, pero además tenía algo de dinero en el bolsillo, así que decidí buscar a mi nieta para irnos a tomar lonche a la calle.
Mi muy preciado tiempo libre y mi dinero no sirvió de nada. Llegué a un campo de batalla. Guerra declarada por ambos bandos. La razón: “Hacer las tareas”.
En medio de esta batalla campal, mi nieta recurrió a lo más fácil para una niña de 8 años, decirle a su mamá que era “una mala”, “una pesada”. Ella, la mamá, recurrió a su experiencia y no contestó nada. La hija se desesperaba y más gritaba. La madre no se inmutaba.
La última orden había sido “anda a bañarte ahora y después terminas tus tareas”. La respuesta a este dardo fue “eres una mala,una pesada, no me haces caso,”.
Yo, atento a esta batalla, me convertí en invisible, no podía ser mediador, corría el riesgo que mi hija me gritara, no podía tomar parte a favor de mi hija, corría el riesgo que mi nieta me dijera “eres malo tu también”.
Entonces, acordándome de lo que he escrito sobre políticos, recurrí a mi memoria y pensé, mucho pensé, para ser un verdadero otorongo.
¿Qué hago? Soy otorongo, como actúo. Encontré la luz y con ella la solución: ME FUI SIN DECIR NADA.
Y qué…la misma vaina
