Como es costumbre desde hace quince años, un grupo de once amigos de la universidad nos reunimos para pasar un día en un velero, con un paseo a la Isla San Lorenzo situada al frente de Lima.
La hora de reunión fue ocho y media de la mañana en un restaurante de Miraflores, para tomar desayuno y comprar algunas empanadas y sanguches para comer en la travesía.
En el restaurante nos reunimos nueve, dejamos varios autos en la casa de uno de los amigos que vive cerca y nos fuimos al Callao, en dos autos.
Ya desde antes de acomodarnos en los autos, empezó la chacota, y algo que es especial, las b fuertes solo se da entre verdaderos amigos; ya bestia de mi….esa, sube al auto o esperas un ascensor, bruto tenías que ser, por eso en la universidad te tenía que hacer todas tus cosas. Esta expresión genera otra de mayor calibre y es coreada por risas y mayores insultos.
Al llegar al Yatch Club, nos encontramos con los dos compañeros que faltaban y todos nos embarcamos en el velero. No hay gente extraña, solo somos nosotros, algunas botellas de vodka, otras de pisco, jugo de naranja, coca cola, agua y muchas ganas de pasarla bien.
En medio de la travesía nos cruzamos con una embarcación de pesca artesanal, le compramos pescado fresco y empezamos la comilona con un buen ceviche.
Se limpió el pescado, se dejó solo los lomitos, se trozaron y se pusieron en un bol con hielo, uno se encargó de darle vuelta para que se enfrié, se botó el hielo y el agua y se le echo la sal, bien movido para luego echarle el jugo de limón, ahora si bien meneado y reposado se echó la cebolla, una movidita más y a comerrrrrrrrrrrrrr…. un ceviche espectacular y maravilloso, entre empanadas, trago y algunos sanguches.
Terminada la travesía, fuimos a comer al restaurante del Club una menuda parihuela, que nos completó el día. Despedidas, abrazos y a los autos con la esperanza de poder el próximo año volver a reunirnos.
Y qué….la misma vaina
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