Al día siguiente cuando llegué a la cita, ya mi amigo estaba a mitad del café pero me dijo, no te preocupes con lo que te voy a contar tenemos para más de dos cafés, pero debo advertirte mi querido amigo que es una historia de horror.
Estoy felizmente casado hace cuarenta y dos años, no tenemos problemas en la familia, mi mujer permanentemente me dice que pide por mí.
Comprenderás que me entusiasmó con esa declaración de amor, pedir por mi salud, por mi trabajo, en fin pedir todo por mí, es algo halagador para uno.
Las dificultades empezaron cuando tuve que ir a la clínica al borde de la muerte, a mi mujer de casualidad, cuando me preparaba un plato de sopa, se le cayó una botella de lejía en la olla y no se dio cuenta.
La siguiente dificultad que tuve fue que al salir de la clínica, ella había enviado mi automóvil a mantenimiento.
Después del cuarto día de reposo, salí a trabajar y tuve un choque espantoso, me salvó la vida la bolsa de aire del lado izquierdo del auto. El seguro comprobó que la cañería de los frenos estaba suelta.
La última, y ya preocupante actitud, fue cuando le pedí a mi mujer que me ayudara para tomar un baño de tina y así relajarme. En medio de la espuma y las sales de baño estaba la secadora de pelo escondida y conectada a la electricidad.
Me puse firme y a boca de jarro la increpé ¿qué te pasa, me quieres matar? Con lágrimas en los ojos me confesó que había tomado un seguro de vida y que ella era la beneficiaria, pero lo hacía solo porque quería rezar más por mí y pedirme que desde el cielo yo la protegiera.
Terminé mi segundo café, me pedí una copa de pisco, sin despedirme me fui a mi casa y le pregunté a mi mujer ¿tenemos seguro de vida?
Y qué….la misma vaina
