De cuando en cuando a uno le entra la vena del cocinero, pero como ahora la mayoría es CHEF, a los viejos normales, nos queda ser cocineros caseros.
Primero e indispensable, una copa de vino para esperar que hierva el agua.
Segundo y muy importante, compañía, y si es tu nieta ya la cocina es un paraíso. Te escucha, te habla y no te dice “estas tomando mucho” “no comas tanto salame” etc.etc.
Tercero, preparas lo que quieras. Si les gusta bien, sino les gusta, que se vayan a su casa o a un restaurante.
Uno está tranquilo con la copa en la mano mirando todo y no viendo nada, cuando de pronto te dicen ¡permiso déjame ver las ollas! Pero para ver las ollas, te retiran los embutidos que tienes a la mano y los guardan en el refrigerador, el pan lo guardan y te dejan solo con la copa de vino, ya que la botella también la guardan.
Miras a tu nieta y con cara de yo no fui, con los ojos le preguntas ¿…………..? No se me ocurre preguntar nada, solo decir, voy a preparar tallarines con salsa de carne y con salsa verde.
Pero mi amor, déjame ver que ollas están viejas para cambiarlas, no te molestes, es solo un minuto. Mentira, se pasa el tiempo y solo es un excusa para que no te sirvas otra copa de vino.
Uno como todo hombre estoico, permanece fiel a la lucha contra la vejez. El cuento que ya están viejas las cosas y hay que cambiarlas es una amenaza subliminal de las mujeres.
Ya un amigo me contó su caso. En su casa decidieron cambiar las sillas porque estaban viejas. A él que estaba durmiendo en una de las sillas, lo sacaron sentado en la silla, sin que nadie se diera cuenta. “Qué casualidad” el viejo desapareció.
Yo ojo al piojo, me arrinconé en una esquina, en una mano mi copa de vino previamente rellenada, en la otra mano a mi nieta y en la espalda sobre el mueble escondido, todos nuestros embutidos, empanadas y otros majares previos al almuerzo.
La suerte se dio cuando llegó el hijo político, es decir, el papá de la nieta. La atención cambió de rumbo. Se fueron a la sala para hablar de las dietas que él hace. Mi nieta y yo volvimos a tomar control de la cocina. Se reanudaron las bromas y los bocaditos previos al almuerzo.
Y qué…la misma vaina
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