jt

El hijo de los vecinos

Nuestros vecinos son gente muy simpática, pero
creen en los Reyes Magos y como el hijo admira y quiere ser como Louis
Armstrong, le regalaron un trompeta por la bajada de los Reyes.
Nuestras diferencias se dieron en el momento en
que mi oído y la trompeta, dejaron de ser amigos, ya su sonido no conjugaba con
mi tranquilidad, mi identidad se remontó a la época de Herodes, el de la biblia.
Este se apoderó de mi persona, ya nada volvió a ser igual en el vecindario.
Se declaró una guerra santa, por un lado los
amantes del silencio y por otro lado los perseguidos. Cualquier escenario era válido
para una batalla, la finalidad era llegar a la destrucción del instrumento.
El futuro trompetista tenía una facultad increíble
para detectarme y poder huir de mis garras, la suerte estaba de su parte ya que
el trompetista tenía una hermana como ayudante, mujer de unos veintiocho años, aprendiz
de bruja, que con todos sus encantos y belleza cautivaba a los hombres, no había
vecino que no estuviera enamorado de la rubia.
Pero un día y siempre existe un día, la suerte
me sonrió, encontré a la rubia aprendiz de bruja en apuros con su carro. Usé
todas mis mañas de galán de barrio, todos mis conocimientos y experiencia de
viejo verde para lograr que la rubia cayera en mis redes y lo conseguí. Ya con
la rubia bajo mis hechizos, le pedí el manual del automóvil, ella muy inocente
me dijo que lo tenía en su casa y para allá nos dirigimos.
Al llegar a la casa de la rubia que también era
la  guarida de la trompeta, mis ojos brillaban
con fuego de dragón buscando el maldito instrumento, no fue mucho el tiempo que
me demoré en hallar el tesoro del maldito pirata, lo escondí bajo mi abrigo y
presté toda mi atención a la rubia que regresaba corriendo con el libro bajo el
brazo para entregármelo.
Yo, con el libro en la mano, no sabía que cosa
hacer, caminamos al auto, la rubia, yo, el libro y mi ignorancia total de mecánica.
Para ser sincero desde que logré capturar la trompeta, caí en las redes de la aprendiz
de bruja y no sabía cómo salir de ese enredo.
Al estar delante del auto le pedí, abre el
capot y siéntate al volante, yo te aviso cuando le des contacto. Esperé un
momento viendo esta maraña de cables sin saber qué miércoles hacer, metí la mano
en este enjambre de fajas, cables y que otras cosas más, pero siempre con voz
de conocedor le gritaba “todavía no”, cuando realmente no sabía que hacer grité
ahora si dale” y el motor encendió, la suerte cuando llega completa …llega, sintiéndome
un gran mecánico cerré el capot, en esos momentos fui rodeado por unos
delicados brazos y recibí un par de besos. Que no me abrace pedía yo, que no me
abrace…el instrumento estaba escondido en mi abrigo, menuda sorpresa se
llevaría.
 
Y qué…la misma vaina
D

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *