Ya cansado de tanta cuarentena, toque de queda y temor a enfermarme, tomé la decisión de salir a las escaleras del edificio, sentarme allí a ver pasar el tiempo.
Al poco rato, bajó un vecino, el cual no conocía, llamado Eugenio. Vive en el departamento 504 y frisa los 45 años. Flaco, alto, de cara alargada, cabellos canos, y una sonrisa agradable, es padre de dos hijos y su esposa una señora simpática.
Me saludó diciendo ¿señor espera a alguien? No, le dije, vivo aquí en el 702 y estaba cansado de estar en mi casa. ¿me puedo sentar pregunto? Por supuesto la escalera es nuestra, sería el colmo que nos echen de aquí.
Hablamos de todo y nada por un buen rato, hasta que me preguntó ¿le puedo contar de mi vida? Soy un experto en escuchar, con todo placer adelante.
Desde chico me dediqué a estudiar, nunca ayudé a mi mamá en la casa, ni mi cama tendía, la ropa la ponía en una canasta y siempre tenía todo limpio y a la mano.
Cuando me casé con María Antonieta, ella me fue enseñando para que la ayude en las tareas del hogar. Todo marcho siempre bien, ya que mi ayuda era muy simple. Hacer café, tostadas, jugo de naranja con papaya y ayudarla a poner la mesa. Por cuestiones de trabajo yo no regresaba a almorzar y en la noche comía un sanguche muy simple con un café.
Todo bien hasta el día de hoy en que me pidió que pusiera la ropa en la lavadora en ciclo normal con poco detergente y un poquito de lejía para ropa de color.
Yo con mucho cuidado puse toda la ropa de color, eché el detergente en el lugar indicado con la medida apropiada y luego continúe con la lejía también al lugar indicado, cerré la lavadora y puse ciclo normal. Después me fui a la cocina, me preparé un café y me puse a ver televisión.
Después de un buen rato entra mi mujer al cuarto gritando como Tarzán de la selva, con la cara roja como salsa de tomate y el vestido en llamas pequeñas.
¿Qué pasa? pregunté preocupado. “Inútil, era lejía de color, malograste todo la ropa y mis calzones también.”
Al ver que las llamas de su vestido crecían, la subí al auto y la llevé a la clínica. Me ayudaron el personal de la clínica con guantes contra incendio a bajarla del auto.
Ya que las llamas eran cada vez mas grandes, el doctor cuando la vio la “calateo” (desvistió) “al toque” (de inmediato) con la ayuda de los técnicos en enfermería, dos enfermeras y tres doctores más. En pocas palabras, mi mujer “calata” con cuatro doctores, dos enfermeras y los dos técnicos en enfermería.
La metieron a una ducha con extintor y jabón para poderla normalizar, pero tenía mucho dolor ,motivo por el cual la echaron en una camilla y le pusieron suero para calmar el dolor.
Ella media soñolienta escuchó a un vecino de camilla que decía “quiero un “troncho” (cigarrillo de marihuana)” haciendo eco a este pedido una señora de 93 años que esperaba turno también empezó a gritar “yo también quiero un troncho”. El pedido corrió como reguero de pólvora. Pacientes, acompañantes, enfermeras, y doctores todo pedían un “troncho”.
La policía de guardia entró en acción para poner orden, pero era imposible. Pidieron ayuda a su general de turno y este al juez de turno, quien autorizó que llevaran a la clínica un kilo de marihuana, para calmar los ánimos.
La señora de 93 años gritaba “papá…ésta es de la buena, puro moño rojo”. Al recibir cada uno de los involucrados su “troncho”, regresó la calma a la sección de emergencia de la clínica.
Cerca de las seis de la mañana después de pasar el día y la noche en emergencia, mi nuevo amigo, con su esposa María Antonieta, regresaron a la casa.
Eugenio se puso las manos a la cara y empezó a llorar diciendo “quiero regresar a mi oficina”
Y qué…todos tenemos días difíciles.
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