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Cuando todo cambia

Recibí una llamada virtual de mi amigo de la infancia Alfredo. Como ninguno de los dos podemos salir de casa, por ser personas de alto riego, decidimos compartir recuerdos y fotos de nuestra juventud.
Les contaré algo de la historia de nuestro barrio en la niñez y juventud. Eramos ocho o nueve amigos estables que después del colegio nos veíamos en la esquina del barrio o en el jardín de la casa de Alfredo. En verano, aumentaba el número con la llegada de otros amigos que vivían tres o cuatro cuadras más lejos o de algún primo o prima o amigas que llegaban a pasar vacaciones.
Alfredo de un momento a otro se contagió de tuberculosis. Fue toda una tragedia para la familia de Alfredo y para la mamá especialmente.
Parte del tratamiento impedía que saliera a jugar con nosotros. Su mamá le ponía música clásica para tranquilizarlo y lectura, mucha lectura, todo ello con el afán de no dejarle tiempo para una depresión.
Cuando mejoró, y ya no contagiaba, la señora nos invitaba a jugar al jardín, con lonche incluido, así Alfredo estaba al tanto del lenguaje y lisuras actualizadas, cosa que ayudó a Alfredo a seguir “teniendo calle”.
Como parte de su recuperación, le pusieron un profesor de fisicoculturismo. Nos burlamos mucho de cómo saltaba soga y nos reíamos mucho más de sus ejercicios raros para esa época. Para colmo de la vida de Alfredo, le salió una fuerte y horrible cantidad de granos en la cara y en la espalda.
El carácter de la mamá y su amor al hijo fue un factor importante en la vida de Alfredo, no sólo los ejercicios, los cuales eran muy necesarios para su situación, ya que la enfermedad lo dejó chato y gordo. La señora acató los cambios de comida, mucha verdura, nada de grasa, y no me acuerdo cuántas cosas raras comida. También el uso de cremas, ya parecía afeminado por la cantidad de cremas que usaba.
Los problemas de Alfredo fueron para bien. A los veintitantos años, el muchacho era el más alto y guapo del barrio. Gracias a todas las cremas, su piel era admirable. Su amor por la música y su cultura, gracias a la lectura, eran los ganchos para cualquier chica, en pocas palabras, era un conquistador con recursos.
Cuando hablábamos, nos acordamos que a los veinticinco años se enamoró perdidamente de Esther. Vivía sólo para ella y terminó llorando por ella. Me contó que un día él le dijo “estoy locamente enamorado de ti” y ella le contestó “yo no, y por favor, no me vuelvas a buscarme”.
Durante seis días no pudo asimilar el trauma. ¿Te acuerdas de ese viaje que tuve que hacer urgente a Pucallpa? Nunca salí de mi casa, me contó, estaba llorando por Esther. Yo la quería y ella no me correspondió.
Mi querido amigo, la verdad es que me demoré mucho en olvidarme de Esther. Hace poco la vi y lo que vi…fue horrible. Qué mal le ha caído la edad, de su belleza sólo quedan las fotografías que guardo, pero mejor hablemos de buenos recuerdos.
Nuestra conversación cambió de tono y ahora esperamos otro día para poder seguir chateando.
Y qué…todo tiene su tiempo
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