Cansado de la cuarentena, tomé la decisión de sacar a la puerta de la casa mi silla y sentarme a ver pasar el tiempo. Yo en algún lado leí que el tiempo pasa y no se recupera, pero los recuerdos quedan y uno puede volver a vivir el momento pasado.
Vi el paso de un tren, todos mis recuerdo tomaron vida a mi mente, nunca he tenido ninguna aventura en un tren, pero la vida es así, basta una imagen para que tu mente se active.
A los quince años me peleé con el mundo. Mi vestimenta y mi apariencia eran una desgracia. Yo me sentía realizado. Mi comportamiento era grosero con el mundo y no me daba cuenta que el mundo sería siempre el mundo y yo no sería yo.
Con los dieciocho, era un enamorado de la vida. Irene…óomo me enamore de ella, todo mi ser giraba en torno a ella, pero ella giraba entorno al mundo. Yo era un nombre más en su vida. Jugar al ping pong es cerrarle la puerta al amor, Irene no tenía corazón para el amor.
Veinte años y eres dueño del mundo. La vida universitaria te da una nueva y diferente forma de ver tu mundo, enseñándote a moverte en una sociedad que cambia constantemente. Las mujeres que conoces te transportan al cielo y luego terminas en el infierno, porque a las mujeres sólo las entiende Dios.
Charles Bukowki escribió “estar juntos resuelve casi todo, en realidad, lo resuelve todo”.
Cerca de los treinta entré en el mundo de los casados. Todo se enredó, no sabíamos cocinar, no sabíamos hacer compras de víveres y menos lavar y planchar la ropa, pero había amor y eso resuelve todo.
Cuando llegó el primer hijo, ni cargarlo sabíamos, pero con el tiempo aprendimos.
¡Qué bellos recuerdos! Todo esto por estar sentado en la puerta de la casa, “nunca es mañana; siempre es hoy”
Y qué…volveré a salir a la puerta de la casa
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