Estoy convencido que un viejo malgeniado y apestoso no lo aceptan ni las moscas. Por eso tengo la costumbre de vestirme bien, no súper elegante pero si “bien trajeado” con algo de perfume, porque eso de oler a naftalina, es un poco desagradable. Bien afeitado y el pelo normal, es decir revuelto a lo loco, como si quedara pelo para ese tipo de peinado.
Siempre de buen humor y una sonrisa para cualquiera que se cruce en mi camino y si es una mujer una doble sonrisa, una con los labios y otra con la mañosería de “caballo viejo”.
Tengo por buena costumbre saber escuchar, nunca interrumpo el cuento de la otra persona, le doy aliento, le meto candela a la situación y así puede seguir hablando a sus anchas. Y yo quedo muy bien…..pero si es simpatiquísimo se puede hablar horas con él. Ya lo dije “caballo viejo”
También tengo otras cualidades, pero el tema no es hacerme propaganda ni ponerme en el mercado laboral, sino contar un episodio que refleja que ya no estoy en la onda.
Sentado en el café con mi cortadito y mi vaso con agua, me pidió permiso para sentarse una joven muy potable de cuarenta años. Me puse de pie y le dije: “encantado…es un placer”, ella pidió un cappuccino descafeinado sin crema, qué diferencia, yo solo pido un “cortado”.
Pero regresemos al tema, yo sentado en la mesa y la belleza al frente mío, la conversación era normal, siempre visita este café, ya está haciendo algo de frio, que horror, como han subido las cosas, cuando de pronto me preguntó ¿quieres hacer negocio del alta rotación?.
Los ojos se me vidriaron y contesté “siempre y cuando no quieras que actué como padrillo” no hay problema.
La belleza, se levantó de la mesa y se fue sin pagar. O me agarró de cojudo o no le sirvo para el negocio.
Es un peligro tomar café solo, siempre anda acompañado con un amigo, los caballos viejos estamos de moda.
Y qué…la misma vaina
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