¿Quién no ha sido visitado por este desgraciado y poco amistoso animal? ¿Cuántas noches no has podido dormir por culpa del “silencioso” entre comillas, porque cuando está cerca a tus orejas zumba como la máquina del sabor?
Todas estas explicaciones y más, nos comentaba José Antonio en el café, pero la máxima fue el episodio que le sucedió en la casa de playa.
En una casa de playa se juntaron tres familias, en total sumaban trece personas, José Antonio, su esposa y tres hijos, Carlos, su esposa y dos hijos y por último Ricardo, su esposa y dos hijos.
Al llegar a la casa cada familia tomó posición de sus habitaciones, después de acomodarse, se reunieron para preparar una parrilla. Los chicos a jugar a la arena, las señoras a ultimar los arreglos y los mariditos a servirse un trago y preparar lo necesario para la primera de las parrilladas programadas.
A mitad de comida los chicos fueron llegando, los papás y las mamás pensaron ¡se les despertó el hambre! pero cuál sería la sorpresa, que la razón de su venida era porque estaban todos picoteados por los zancudos.
Aquí empezó el descalabre, ninguna había incluído protector contra los zancudos, empezaron a surgir las ideas:
.- échale aceite de oliva
.- frótalo con limón
.- mejor agua con tomate y vodka
Ninguna de la recetas funcionaba, los llantos aumentaban y la noche caminaba. Cuando las cosas se calmaron, se retiraron cada uno a sus habitaciones, lugar donde empieza realmente la batalla entre el hombre y la bestia.
Los zumbidos son de aviones de caza, las picaduras son bombarderos al ataque, las luces se prenden y se apagan como señales de intensa batalla. Los llantos son mezcla de sueño y aburrimiento, todos los hijos gritan al unísono, las mamás no tienen tiempo ni manos para atenderlos.
La ayuda paterna no acude al llamado, los salud compadre, salud comadre y salud tras salud dejan a este defensor de agresividades y experto en lucha contra zancudos, fuera de batalla.
Como último recurso una de las mamás en una olla prende hojas de árboles, esperando con el humo ganar la batalla, pero cuando está de perder no hay santo que ayude. Las hojas de los árboles no sueltan nada de humo, pura llama.
A las cuatro de la mañana en reunión de combate las mamás deciden, “nos vamos”.
Lo que siguió a esta decisión fue algo espeluznante, que por decoro José Antonio no nos quiso contar,pero prometió inventar un mata zancudo portátil.