Estamos a puertas de la primavera, el clima esta agradable, la gente alegre por el brillo del sol, yo me contagie de esta alegría y decidí salir a caminar un rato por las calles de Miraflores.
Sin dirección me encamine a pasar un buen rato sin nada en que preocuparme. Como es mi costumbre me detuve en un café y allí me encontré con un buen amigo de mi niñez.
Lo note triste, tomando un café en taza grande, fumando nervioso y vestido totalmente de negro. Las conclusiones fueron inmediatas, pero no sabía a quién había perdido, motivo por el cual mi conversación giro en torno a nada, para no cometer ninguna equivocación que provocara una mayor tristeza en él.
La mirada baja, el poco buen humor y lo poco comunicativo que estaba, me llevo a preguntar a boca de jarro, ¿qué paso, mi querido amigo? ¿a quién has perdido? le pregunte.
Me miro a los ojos, se paso la mano por la cabeza revoloteándose los pelo y me dijo ¡No te imaginas el tiempo que estuvo conmigo!, la cantidad de momentos de alegría que pasamos junto, su sonido era música para mis oídos, siempre dispuesta a ayudarme, mi querido amigo…….ya no estaba bien, dicen que es irrecuperable y no hay forma de curarla, me tengo que hacer a la idea de que ya la perdí.
El hombre es animal de costumbre siguió diciendo, a estas altura yo ya no entendía nada, no sabía de qué cosa estaba hablando. A si que solo atine a decir “lo siento mucho” y tus hijos como reaccionaron.
Me contesto fastidiado “para ellos todo es muy fácil” desde hace un buen tiempo ya me estaba diciendo ¡Papá cambia esa vejez! Tu computadora ya cumplio, «ya fué», ahora hay computadoras más rápidas y con monitores de mejor resolución.
Me levante de la mesa, le dije me pagas el café y te vas pal carajo.
Y qué….la misma vaina
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