Para nosotros los duendes son parte de nuestros cuentos de infancia, pero para la gente de los Andes es parte de su vida.
En días pasados estuve de paseo en Huaripampa, en el departamento de Ancash. Sin duda alguna una delicia para la vista del ser humano. Una belleza de colorido en las plantaciones de cebada, maíz, kiwicha con sus tonos de rojo, verde, amarillo lo que hacen una mezcla de colores impresionante. Además, el paisaje era salpicado con animales pastando, animales arando y agricultores realizando sus propias tareas.
Para completar la vista, los nevados, que con pena pude apreciar que están dejando de ser nevados. En las noches un cielo con tal cantidad de estrellas que extasiado puedes mirarlas horas sin aburrirte. La claridad del cielo es absoluta, su color azul fuerte y las nubes blancas que parecen algodón, son un paisaje nocturno perfecto.
La carretera para llegar a Huaraz es mala, realmente mala. No llego a comprender cómo una región con tantos recursos económicos puede tener esa calidad de vías terrestres.
Los contrastes que se ven son dignos de un país chicha.
Al ingresar a Huaraz se ve una construcción de un estadio digno de cualquier país desarrollado y con bonanza económica. Las vías interiores de la capital de Ancash (Huaraz) son visiones que te remontan 300 años a la antigüedad.
No me olvido que Ancash tiene el famoso Callejón de Huaylas, con la Cordillera Blanca y la Cordillera Negra; el famoso Huascaran; el Alpamayo, premiado por su belleza; Chavín de Huántar, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad; y muchas otras cosas hermosas.
Pero regresando a los duendes, motivo de este post, les quiero contar que una tarde pasamos delante de una pequeña catarata y Roger, nuestro guía, nos contó que en la base de dicha catarata vivía un duende.
Le pregunté si lo había visto y me respondió que no, pero que en las noches, muy tarde, se veían los restos de su comida y que al salir el sol éstos desaparecían.
¡Quién soy yo para dudar de lo que ellos creen!
Y qué…la misma vaina
