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95 años de vida

Llegar a los 95 años y llegar bien es todo un arte y una bendición de Dios.
La tía Nana hermana mayor de mi madre ya fallecida llego ayer a los 95 años, con una lucidez y una actividad física, que cualquier persona de 70 años desearía tener.
Reunió en su casa a los hijos, nietos, bisnietos, sobrinos en una comida para festejar su santo. El menú fue producto de su propio deseo, ensalada de verduras sancochadas, puré de papa con queso, arroz árabe y carne asada. Como postre una torta rellena de manjar blanco, con un baño de crema blanca y una sola vela roja al centro, todo preparado por ella.
Con su propia vitalidad, es un motor para toda la familia, su carácter está lleno de alegría que suena como música para nosotros, algunos brindis, muchos abrazos y besos con atenciones que ella misma prodiga a cada uno. Es una gracia de Dios poder ser sobrino de la tía Nana.
En un momento de la reunión una de las nietas llamada Adriana, puso el toque tecnológico, con la laptop y el proyector nos hizo disfrutar de una recopilaciôn de fotos, recordamos  momentos casi olvidados de nuestras vidas, acompañados con música de fondo, vimos fotos de cuando éramos niños, fotos de nuestros padres y hermanos que ya se fueron, fue un volver a vivir. Y volver a vivir porque hemos gritado ¡ese soy yo, sin barba, sin canas y con 50 años menos! Otros gritaban miren….miren yo era flaco, la risa al vernos en ropa de baño, las burlas… fueron gratos recuerdos.
En la mañana de hoy y escribiendo este pequeño recuerdo familiar vuelvo a decir
                                              «Gracias tía Nana”
Y qué…..la misma vaina

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