Ayer cerca de las seis y media de la tarde, llegó mi abuelita a la casa. Venía a verme porque sabía que estaba con gripe. Su llegada fue una sorpresa porque no me imaginé que con este clima saliera de su casa.
Lo primero que hizo, después de saludar a la familia, fue ir a la cocina y para preparme una «caspiroleta». No se movió de mi lado para asegurarse que tomara todo ese exquisito brebaje. Fue un momento divino. Sentí su amor. Sus manos eran una bendición en cada caricia, su conversación era tierna, la melancolía se reflejaba en cada palabra.
Me contaba que antes, cuando ella se despertaba, escuchaba los pajaritos cantar y que hoy en día los sonidos habían cambiado y que ella extrañaba los ruidos de antaño.
Hoy día se despertaba al escuchar la licuadora mientras hacían el jugo.
Los pregones de los panaderos fueron reemplazados por las sirenas de las ambulancias y bomberos.
Las cornetas o campanillas de los heladeros habían sido cambiados por las bocinas de los carros.
Los pregones de la tarde, hoy día eran bulla sin sentido.
Mi abuelita me hizo sentir que ella me estuvo esperando todo el día y que después de estar conmigo su día se completó.
Soy feliz, tengo quien me ame.
Y qué….la misma vaina