La suerte nuestra es que estamos al final de la segunda edad y comienzos de la tercera edad, le estamos tocando la puerta a la edad madura, es decir todavía no estamos viejos carcochos.
Visité a una amiga en sus clases de acuaróbicos, me quedé gratamente sorprendido al ver a una señora de noventa y un años, en plena gimnasia. Ella es de la cuarta edad porque hasta tataranietos tiene.
Fue algo bello y hermoso, solo espero llegar a los setenta con esa vitalidad y animo.
Ese momento me hizo recordar algunas anécdotas de nuestros hijos jóvenes de la segunda edad.
.- Hay mamá, hazlo tú, yo estoy cansado.
.- No te preocupes después lo hago.
.- Es necesario hacerlo ahora, mejor más tarde.
Y podríamos seguir con las excusas que siempre tienen, cuando les pedimos que nos ayuden en algo. Será cuestión de edad o del ADN generacional. Cuidado con lo generacional, algunas veces nosotros nos volvemos necios y no queremos hacer uso del trato preferencial para la “tercera edad”
No queremos hacer uso de ella, porque todavía nos sentimos jóvenes, las guiflas, aprovechemos la ventaja que nos da la edad.
Al llegar al banco para cobrar un cheque, me encontré con un mar de gente, miré todas las ventanillas y la ventanilla para la tercera edad brillaba como faro de alta mar, naturalmente corrí hacia ella. Al llegar al frente de la ventanilla, una morena en mallas de gimnasia que estaba esperando su turno, me llamó la atención.
Señor, haga su cola…no se zampe…respete el orden (todo esto a grito pelado)
Mira belleza, le dije, en igual volumen de voz:
.- Esta ventanilla es para las personas de la tercera edad y yo estoy en ella.
.- Además en mi época, solo considerábamos a las rubias como tontas, pero veo que
ahora, las morenas también se incluyeron.
Dicho angelito se puso toda roja, se escondió en su asiento y en silencio esperó su turno. Yo en cambio hice orgullosamente uso de mi edad.
Y qué…la misma vaina
