Según costumbre, en la reunión de café donde conversamos, nos reímos y tenemos nuestro espacio. Reunidos en nuestra mesa se acercó un muchacho y dirigiéndose a mi me dice “señor puedo hablar con usted” me levanté de la mesa y empezaron los viejos a decir, ese es su hijo con la otra, no ese es su yerno, no ese es el hijo de su querida, nada bueno salía de la boca de estos viejos libidinosos., pero contra la vejez solo queda la vejez.
Al ponerme de pie, el muchacho me dio un fuerte abrazo y me dijo gracias, sorprendido le dije para sentarnos en la mesa y pedimos dos cortados y un vaso con agua.
Déjame salir de mi asombro y dime a que se debe que me des las gracias. ¿No se acuerda de mi? Sí, le dije, pero en verdad no sabía quién era. Yo estaba seguro que el muchacho sabía que yo no me acordaba de nada.
Se puso la manos en la cara diciéndome, hace unas semana habla con usted preguntándole ¿cómo hacían para ser felices?
Como todo viejo mañoso y experto en evadir situaciones difíciles dije, por supuesto y te hablé de Alicia en el país de las maravillas.
Bueno señor, debo decirle que estoy conociendo la felicidad, de cómo es que he sentido el abrazo mas cariñoso que nunca tuve, cómo he sentido el amor puro, el amor de madre, el mejor momento con mi esposa desde que nos casamos. He sentido su verdadero amor y la felicidad completa sólo con ese inolvidable abrazo.
Seguí su consejo, el domingo le preparé el desayuno a mi esposa y a mis dos hijas de 12 y 7 años, se los llevé a la cama, las atendí como todas unas reinas y con todo el amor que les tengo, luego me metí en la cama con ellas, abracé a mis hijas y les conté el cuento de la Caperucita Roja.
He comprado un libro de cuentos, aprendí la historia, luego me fui donde mi hermana para que me explique la entonación que le debería dar al cuento para hacerlo entretenido.
Me volví un experto en cuentac uentos ya que me demoré como una hora en contarlo, con ayuda de los gestos, risas y expresiones de miedo por el lobo.
Al terminar nuestro momento familiar, mis hijas se fueron a vestir, mi esposa se levantó de la cama, se acercó a mi sin decir una palabra y me abrazó, pero como le dije, con una ternura que debo decirle señor… fue el momento más feliz que he vivido, por eso le doy las gracias.
Bastante emocionado le dije, ahora me has entregado la bendición de una familia que esta conociendo el amor inspirado por el Señor.
Con este último consejo espero que ingreses al selecto grupo de personas que son felices con su familias aún en momento difíciles.
Si tu pones sal y azúcar juntos las hormigas solo se llevan el azúcar, dejan la sal, así mismo, con el paso del tiempo, tu familia sólo se llevará las cosas del Señor y dejarán las cosas del mundo que son las tentaciones.
Nos despedimos con un abrazo, regresé a mi mesa a seguir con una conversación para arreglar el mundo.
Y qué…viejo pero contento
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