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El abuelo

Desde chico tuve una afinidad con mi abuelo.  Su engreimiento era para mi la máxima expresión de cariño. Lo primero que me enseñó fue la observación.  
Nos sentábamos en la puerta del edificio para ver pasar a las personas, perros, gatos, autos. Me decía “fíjate bien en solo un objeto, si es una persona mira sus zapatos, el pantalón o la falta, la camisa, el saco o la chompa, si es un perro mira el color, las orejas, las patas y todos su cuerpo, fíjate que es lo característico de ese perro”.  
En otras oportunidades nos íbamos al parque, nos sentábamos en una banca y mientras comíamos un helado me decía, “mira la señora que viene”, en forma disimulada le clavábamos la mirada y luego el me preguntaba “¿qué viste?”  Yo  describía lo que había visto, mujer bordeando los sesenta años, viuda, con hijas mujeres, sin problemas mayores, salvo los del día común, va de compras, zapatos cómodos, pantalones negros con buena caída y una blusa de colores pastel, pelo natural entrecano, es una persona con comodidad económica.
Mi abuelo me miró con mucho amor y me dijo “ has aprendido a ver el mundo” lo cual me alegra mucho.  Me tomó de la mano diciendo vamos al segundo nivel, ¿de dónde?, pregunté. No todo es observación también está el servicio.
Me llevó caminando a la zona del hospital de emergencia, mientras me contaba la historia de una señora que tenía al marido internado en el hospital y no lo podía ver, ya que no sabía cómo expresarse.
Llegamos a la cercanía del hospital y pude ver a personas sentadas en la vereda, en los sardineles, esperando algo.
Abuelo ¿qué hacemos acá? observa y dime que hacer, nos sentamos en un murete y empecé a observar a las personas, no se que motivó que me levantara me acercara a una señora de condición humilde por su apariencia. Solo la saludé con una sonrisa reflejando mi respeto a ella y dándole sentido de cariño a su vida, la señora sintió mi compañía diciendo “gracias, necesitaba un poco de aliento” hablé con ella de la vida y lo más importante, la escuché, la entendí y me di cuenta que podía ayudarla. Me levanté fui directamente donde el portero y con la firmeza de un hombre de quince años, le pedí con amabilidad  y otras palabras agradables que la señora quería ver a su esposo.
Me miró con simpatía, diciendo un momento, veré que puedo hacer, al cabo de un rato salió por una puerta lateral y me llamó, tomé a la señora de la mano y el portero nos llevó directo a la sala donde estaba el marido.
En silencio y en forma disimulada salí del hospital y mi abuelo con una gran sonrisa en la cara me dijo “ama a tu prójimo como a ti mismo”
Estas fueron algunas de las enseñanzas de mi abuelo que siguió en su vida enseñando a ver lo que otros no quieren ver.


Y qué..el abuelo solo engríe



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