Estamos en cuarentena y es por respeto a los demás que no debemos salir de casa, acompañado por mi condición de adulto mayor y algo golpeado por la vida que no debo ni pensar en salir, pero anoche a las 11 de la noche tuvimos un apagón.
Vivo en un edificio que da a un parque. Miré por la ventana y la oscuridad que dan los árboles, la falta de luz de la luna y el aburrimiento me llamó a pensar un rato y me pregunté “viejo, una escapadita? Decidido!”
Inspirado por la experiencia fui a la cocina, tomé tres botellas chicas de agua, preparé dos sanguches de jamón con queso, unas galletas y todo a la mochila con su spray desinfectante más y al parque.
Me sentí como un niño malcriado haciendo una travesura, caminé hasta una banca, desinfecté el piso, la banca y me senté. Qué bien se sentía el aire y la libertad. Pensé profundamente en la inmortalidad del mosquito, ya que ni un pajarito hacia ni pío.
Al cabo de un buen rato, se acercó una señora joven preguntándome ¿me puedo sentar? la desinfecté y tomó asiento al costado mío. En el silencio no hay palabras solo miradas, pero al cabo de un rato el llanto formó parte de su mundo. Esperé, ya que todo en la vida tiene un momento y un tiempo, al cabo de un rato le ofrecí una botella de agua que aceptó y comenzó a contarme “estoy cansada, muy cansada” pero dicho con un dolor de esos que salen desde el estómago. Tengo un marido de 53 años, un hijo de 10 y una niña de 7 y todos dependen de mi y ya no puedo más.
Señora, pensé decirle que orara, pero me quedé callado, es mejor escuchar me dije ¿quiere un sanguche? le pregunté. “No lo puedo creer, dijo, viene al parque con agua y sanguche, señor, usted es un caso especial”
Llegó el momento de hablar y empecé a soltarme, su esposo es un hombre joven que nunca ha estado encerrado en su casa escuchando los pleitos de sus hijos, la preocupación por educarlos es suya, él sólo los ve por ratos. Otro factor de su desesperación es que ahora usted no cuenta con ayuda alguna, por lo tanto, también está un poco fastidiada y se descarga con él. Comprenda que la depresión es algo que no se ve y una persona libre enjaulada, responde diferente a su vida normal.
En cuanto a sus hijos, lo vemos en la televisión, cuando a los cachorros de los leones los enjaulan, se ve el sufrimiento que tienen. Bueno, sus hijos están enjaulados, llenos de energía y tiene que desfogarse, pero con una frustración de no hacer su vida normal.
Alli paré mi reflexión, escuché su silencio y llanto, sentí mi verdadera edad en el corazón al ver el sufrimiento de una persona.
Nos quedamos largo rato sentados viendo la oscuridad, con cierto disimulo, le invité el otro sanguche. Pude ver en sus ojos una chispa de alegría, lo que colmó mi felicidad.
La señora se pusó de pie, lo mismo mismo yo, me dió un abrazo con tanto agradecimiento que yo lo devolvi con el amor que les doy a mis hijas.
Ya de regreso a mi casa oré por ella y su familia..
Y qué… uno tiene su corazoncito
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